sábado 10 de octubre de 2026
VENEZUELA ME PARIÓ; EL PODER ME DESTERRÓ
El exilio no comienza cuando uno cruza una frontera. Comienza cuando te obligan a escoger entre callar o marcharte, arrodillarte o resistir, someterte o sobrevivir, evangelizar o corromperte.
Yo no abandoné a Venezuela. A mí me arrancaron de ella.
Dejé familia, calles, afectos, recuerdos, vecinos, altares, luchas y una parte de mi vida que ningún avión pudo meter en una maleta. Porque el desterrado se lleva pocas cosas en las manos, pero carga una patria entera dentro del corazón.
El poder dictatorial y mi jerarquía creyó que alejándome silenciaría mi voz. Se equivocaron. La distancia no mata la verdad; a veces le da un megáfono.
Hay gobiernos que expulsan a sus ciudadanos porque les tienen miedo a las armas. Y hay otros que los expulsan porque les tienen más miedo todavía a una conciencia que no se vende, una rodilla que no se dobla y una voz que no aprende a callar.
Venezuela me parió. El poder me desterró. Pero jamás podrá decretar mi olvido ni confiscar mi memoria.
Porque pueden sacarte de tu tierra, pero no pueden sacar tu tierra de ti. El destierro me enseñó que la patria no es solamente el lugar donde uno vive, sino el lugar que sigue viviendo dentro de uno.
Y algún día el exilio dejará de ser distancia para convertirse en regreso.
“Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión.” — Salmo 137,1
— Padre José Palmar
