martes 13 de octubre de 2026
«LA RESILIENCIA EMPIEZA EN CASA»
Nos aterran los huracanes que pueden destruir una casa, pero toleramos en silencio todo lo que destruye un hogar.
Blindamos puertas.
Aseguramos ventanas.
Protegemos propiedades.
Pero dejamos desprotegida la familia. Que se derrumba entre la indiferencia, mezquindad y soledades.
Porque no siempre hace falta un terremoto para que una casa se venga abajo. Hay un sismo peor para una casa: la indolencia.
A veces basta un padre ausente.
Una madre ignorada.
Un hijo abandonado frente a una pantalla.
Una infidelidad disfrazada de «error».
Un orgullo que nunca pide perdón.
O una familia que vive bajo el mismo techo, pero hace años dejó de vivir unida. Comen pero no se alimentan, duermen pero no descansan. Creen pero no oran. Conviven pero no se aman.
Y después nos preguntamos qué pasó.
Pasó que cuidamos más las paredes que los vínculos. La resiliencia no consiste solamente en levantarse después de una tragedia.
Consiste también en tener la humildad de reconocer qué nos estamos destruyendo nosotros mismos antes de que sea demasiado tarde.
Porque al huracán podemos culparlo por llevarse el techo. Pero cuando lo que se derrumba es el respeto, la comunicación y el amor, no siempre podemos culpar al clima. El huracán más feroz de las casas es la incomunicación. ATENCIÓN: El peor desastre no siempre ocurre cuando cae el techo…sino cuando, teniendo techo, ya nadie quiere volver a casa.
«Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá permanecer.» Marcos 3,25
— Padre José Palmar
